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LA REALIDAD DETRÁS DE LA CASA DE LÁMINAS DE ZINC

  • 9 mar 2018
  • 5 min de lectura

El alto costo de las viviendas es una gran problemática, la cual ha llevado a las personas a sentirse en necesidad de invadir los cerros y fundar barrios como Siete de Agosto, Paraíso, Altos de San Jorge, Altos del Pando, San José, Pastrana, San Martín, Altos de San Fernando, la lista aumenta, igual que los riesgos del día a día que sufren sus habitantes.


En la cima de Altos de San Fernando, ubicado en la Comuna tres (localidad dos), vive una pequeña familia, conformada por una madre cabeza de hogar y dos niñas de ocho y doce años. Con la tarea de vivenciar su problemática social, les pedí autorización para visitarlas durante todo un día, a lo que ellas animosamente accedieron.


Entre las verdosas montañas que rodean Santa Marta, pasando por la vía alterna alrededor de las 9:50 de la mañana, día tres de septiembre, se lograban divisar los hogares de escasos recursos que albergan los cerros de la zona, viviendas pintadas de colores y olores a alcantarilla, es lo primero que se percibe en la entrada al barrio. Mi primera parada es en una casa-iglesia de San Fernando bajo (llamada así por estar en la parte inferior del cerro) donde en medio de la insoportable temperatura y el indigno olor, cantan con emoción a Dios. Al finalizar el culto, me informaron que era momento de subir, no sin antes avisarme el cansancio que podía sentir, una de las niñas me dice:

- ¡Ahora hay que subir un montón y eso cansa!


Sin más que pensar iniciamos la travesía. Durante la caminata charlamos sobre sus vidas, me dice la madre que está incapacitada debido a una peritonitis que sufrió por culpa del mal sistema de salud que la tuvo en espera de la cirugía por mucho tiempo, sin trabajar no tiene forma de alimentar a sus hijas y el seguro solo le repone el 30% del sueldo quincenal; en medio de la conversación las niñas de muy buena actitud y con felicidad me cuentan sobre sus vidas y así mismo me incluyen en sus conversaciones.


Me indican que hemos llegado a la casa, donde su perro ‘Odi’ las espera en la entrada. Una vivienda de paredes y techo de latas de zinc, sin piso, bastante pequeña para tres personas. Nos dirigimos a una parte construida en bloque donde se encuentran las camas y el baño, desde allí se puede observar la ciudad entera y la grandeza del mar que baña la Bahía de Santa Marta.


¡Ron, Ron, Ron! Suena el peligroso abanico de techo que tienen, el cual podría volar con tanta fuerza como para devorarlas a todas juntas, con miedo me dicen que es necesario, pues aquí arriba el calor, al igual que la brisa se siente con mayor intensidad.


- Una vez estaba brisando muy fuerte, todavía no teníamos construido bien esto, cuando se fue una pared pa´ la casa de al lado, me gasté como un millón de pesos pagando el daño, menos mal no había nadie ahí, pudo ser peor. -


Me cuenta la señora, sin siquiera preguntarle, impulsada por la necesidad de contar sus problemáticas. Pasamos a la cocina a preparar el almuerzo; aquí no hay baldosas, ni cocina integral, pero sí una pequeña estufa de dos fogones y una mesa de madera; tampoco hay plumas, hay tanques de agua. Son muchas las cosas que faltan, como una mesa para comer, una nevera, una carretera, un mejor servicio de acueducto (según el DANE, alrededor de 10001 – 20000 viven sin acueducto en la comuna tres, donde se ubica el barrio), lamentablemente su ubicación hace difícil que no sean zonas de riesgo, los deslizamientos constantes de tierra con las lluvias, y la imposibilidad para subir el agua en épocas de sequía son realidades de su día a día.


Pasamos la tarde sentadas en la puerta de la casa, pues es el lugar más fresco, aunque no lo suficiente para no sentir la fuerte oleada de calor; las niñas al no contar con un televisor, no tienen otra opción que salir a la calle a jugar, en medio de los llamados ´chirretes´ del barrio corren los niños por las destapadas y húmedas calles, esquivando los tubos de agua de los que sin importar lo poco potable que es la beben saciando su sed.


Casi de manera irracional se empieza a ir el sol a las 3:30 pm y ya se sienten las gotas de lluvia caer. Los niños que parecen no tener límites, siguen jugando, caminando, disfrutando el chubasco, pero lo cierto es que el inicio de ese sereno es objeto de preocupación para la madre y para mí, que debo pensar en mi regreso; las goteras empiezan a aparecer y la tierra mojada se vuelve barro y charco, - ¡Abajo es peor, porque se inunda y las alcantarillas se botan y eso sí huele feo! – comenta.


En espera del cese de la lluvia veo fotos de la familia, tomo una merienda con ellas y ayudo a la hija más pequeña a hacer su tarea, pero en mi mente solo pasan pensamientos de inconformidad por lo mal que viven y crecen las niñas, al no contar si quiera con una mesa para hacer las tareas, al tener siempre los pies sucios, aunque se usen sandalias o al no poder dormir la siesta debido al intenso calor del cuarto. El Departamento Nacional asegura que “una persona está en condición de pobreza si cuenta con privaciones de al menos cinco de la siguientes quince variables: Logro educativo, Analfabetismo, Asistencia escolar, Rezago escolar, Acceso a servicios para el cuidado de la primera infancia, Trabajo infantil, Desempleo de larga duración, Empleo formal, Aseguramiento en salud, Acceso a servicio de salud dada una necesidad, Acceso a fuente de agua mejorada, Eliminación de excretas, Pisos, Paredes exteriores y Hacinamiento crítico” (2013), de las cuales esta familia cuenta con ocho, siendo una de las familias menos pobres, por el hecho de contar con la posibilidad de recibir una educación.


Ya eran las 7:30 p.m., la ciudad entera iluminada se veía desde la salida de la casa, la lluvia había parado, así que me dispuse a irme a mi casa, acompañada por las dos niñas caminamos aproximadamente quince minutos hasta el lugar en que pasaba la ruta que me servía (la misma que todos los días debe tomar la madre para ir a trabajar), con el corazón en la mano del miedo a ser robada, pues en mitad de camino nos topamos con una banda de delincuentes que se mostraban sus armas blancas; inmediatamente, con la niña menor en mi mano nos cambiamos de acera, actuando natural pero con un miedo constante a volvernos a topar con algo así. La niña mayor comenta:


.¡Por eso es que yo casi no salgo por aquí!

.¿También te diste cuenta de lo que se estaban mostrando? –Le pregunté

.Sí, pero no vi que era.

.Qué miedo.

.¡Sí!


En mi mente pasaba su regreso, estarían solas, son menores y las calles estaban solas y llenas de charcos y malos olores; la menor de ellas comentó – esta es nuestra realidad siempre. Mientras iba en el bus pensaba en lo diferente que sería mi noche en cuarenta minutos cuando llegara a mi casa con paredes, piso, y acueducto; también en su realidad en quince minutos de regreso a su casa de láminas de zinc.


 
 
 

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